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jueves, 22 de marzo de 2012

Pelo y pluma: Texturas Nikon V1

 Nikon V1 AFS Nikkor 24-120VR exposición manual, a pulso

 Nikon V1 AFS Nikkor 70-200VR-I exposición manual, a pulso

Nikon V1 AFS Nikkor 24-120VR exposición manual, a pulso

Definitivamente, la Nikon V1 ha pasado con nota las pruebas a las que la he sometido, con todos los objetivos con los que he probado y, a pesar de la enorme cantidad de limitaciones que tiene, me tiene muy contento. A partir de ahora no creo que haya muchas más entradas específicas en el blog sobre esta cámara (al igual que no las hay sobre la D300 que uso habitualmente) ya que la considero plenamente integrada en mi equipo y capaz de producir imágenes de igual calidad a las que produce mi reflex. Creo que lo mejor es que las imágenes hablen por si solas, con independencia de que estén hechas con la D300 o con la V1 :-)

Para esta entrada he elegido tres imágenes realizadas en cautividad y que dan una idea de la respuesta que esta cámara da frente a diferentes situaciones de saturación, color, contraste, luz dura, luz suave y nivel de detalle.

domingo, 18 de marzo de 2012

Coches, Nikon V1 y 24-120VR f4


 Nikon V1, FT-1, AFS Nikkor 24-120VR f4, ISO100, a pulso, exposición manual

A falta de pan, buenas son tortas. La sequía que tenemos encima se está traduciendo en una absoluta imposibilidad de fotografiar las aves acuáticas que por estas fechas suelen atraer toda mi atención. Eso no significa que no tenga ganas de fotografiar así que esta mañana me he acercado a una especie de concentración de aficionados al "tuning" que estaba celebrándose a 10 minutos de casa. Me imaginé que habría mucho, mucho colorido, cromados, logotipos y cosas de esas que ofrecen una buena ocasión para probar algo a lo que habitualmente no le presto atención. Al final he pasado una mañana entretenida pero he acabado con los sentidos medio anulados por un exceso de color, cromados, sonido y personajes curiosos. Eso sí, esto es menos relajante que las aves pero mucho más fácil de fotografiar ;-) 

martes, 31 de enero de 2012

Nikon V1 y AFS Nikkor 24-120 (objetivo en venta): IMPRESIONANTE





Nikon V1, FT-1, AFS Nikkor 24-120 f4, encuadre original, a pulso
Ninguna cámara me había impresionado tanto desde que asistí a la presentación de la Nikon D3.

Desde hace un par de semanas estoy usando una de las nuevas Nikon V1. Una pequeña cámara 4/3 que no deja de sorprenderme cada vez que la uso. Mi D300 duerme en la mochila mientras que juego con este pequeño demonio que es la V1. Mucha, mucha diversión, enorme calidad de imagen y unas cualidades que pueden ruborizar incluso a más de una reflex de muy alta gama.Ya estoy trabajando en un par de artículos que verán la luz en los próximos meses aunque en este mes de febrero creo que la reina del blog va a ser la V1 y las fotos que vaya produciendo.
Las fotos que ilustran esta entrada son encuadres originales o, a lo sumo tienen un pequeñísimo recorte, y un procesado tremendamente sencillo, algo de saturación, enfoque y eliminación del ruido. Son gotas de agua en vuelo de una de las fuentes a las que suelo ir a divertirme fotografiando con la D300 y el 24-120. Ni que decir tiene que los resultados obtenidos con la V1 en esta fuentecilla superan en calidad, apabullantemente, a los que he conseguido antes con la D300 y con los que estaba sumamente contento.


domingo, 27 de noviembre de 2011

El "péh" (pez) de Mario




Hace tres años, mi hijo Mario hizo este retrato de "Sizuka", un carpín dorado que teníamos en una pecera. Un "péh" que decía él. Cuestiones paterno filiares aparte, este dibujo me llamó mucho la atención porque es un buen ejemplo de la sencillez de formas que los niños de dos años aplican a sus dibujos. Dibujos que a los adultos nos parecen pasmosos en muchas ocasiones por la carga de expresividad y abstracción que tienen. 
Un par de años después, Mario y yo decidimos coger los acrílicos y pasar su "pequeña obra maestra" a un lienzo. Aproveché para explicarle a Mario lo interesante que es usar colores complementarios (en este caso el azul y el amarillo) para hacer más atractivas las pinturas. 

 El "artista"
Al final nos lo pasamos en grande y quedamos muy contentos con el resultado. Eso sí, yo me encargé de hacer el trabajo más fino para mantener la identidad del original de Mario al máximo pero él se lo pasó en grande aplicando el acrílico amarillo y viendo luego su "péh" colgado en una de las paredes de casa. 

Si es que, las mejores cosas de la vida, son las más sencillas :-) 

martes, 15 de marzo de 2011

La vida de las rocas

Nikon D300, AFS Nikkor 24-120 f4 VR a pulso, exposición manual

Este año me hice el firme propósito de dotar al blog con contenidos fotográficos que no se limitaran tan solo a las aves y me está costando trabajo porque cuando cojo la cámara sólo veo a esas preciosas criaturas aladas que tanto me fascinan. Afortunadamente, estoy usando un ovjetivo que, por su distancia focal, no permite grandes alegrías para las aves pero que ofrece unos resultados espléndidos así que siempre que puedo me obligo a dejar el 500 atrás y disfrutar del AFS Nikkor 24-120mm VR f4. Gracias a ese objetivo estoy abriendo mis horizontes y fotografío otras cosas como las sesiones que he dedicado al agua, algunas que hice de texturas nivales (ya las subiré al blog) y alguna cosilla con rocas.
En el punte de Andalucía, paseando por la playa con los niños y Nuria encontré un afloramiento rocoso en el que unos estratos dejaban ver formas, texturas y colores realmente interesantes y que me hicieron disfrutar un buen rato. Qué diferente es fotografiar rocas si lo comparo con las aves, mucho más relajado, con tiempo para pensar y con tiempo para encuadrar.
Este pedazo de roca lleno de colores intensos invitaba a disfrutar de su contemplación, a buscar composiciones, a fotografiar y, bueno, ¿quién fue el que dijo que las rocas no tenían vida?

lunes, 24 de enero de 2011

La máscara “Upé”

Réplica de una máscara "Upé" de la tribú Tapirapé

Fue en el otoño de 1997 cuando descubrí realmente el arte amazónico. En realidad, ésta es una forma muy limitada de definir a un conjunto de manifestaciones culturales materiales, basadas en el uso de elementos naturales (madera, hueso, conchas, élitros de insectos, semillas, dientes, escamas, hojas, fibras vegetales y plumas) y producidas por cualquiera de la multitud de etnias que pueblan la cuenca del río amazonas. Materializaciones de una cosmología tribal y una cultura inmaterial tan diversa y rica en matices como se pueda esperar del entorno neotropical que las arropa. La cuenca amazónica y sus aledaños no solo albergan una descomunal variedad de formas de vida, hábitats y relaciones ecológicas, sino también la
que con seguridad es la mayor diversidad de grupos étnicos del planeta, con sus respectivos lenguajes, conocimientos tradicionales y mitologías. Un tesoro del que a veces no nos acordamos, deslumbrados por la fauna y la flora tropical, y que también se extingue.
Tampoco es que en aquel año se abrieran para mí las puertas del conocimiento sobre este asunto. Llovía sobre mojado y, tal vez, sea más apropiado hablar de redescubrimiento. Por aquel entonces ya había leído algunos textos al respecto y en mi memoria quedaba el recuerdo de algunos objetos vistos en exposiciones sobre amazonia y las experiencias de una breve estancia en “El Oriente” ecuatoriano durante 1995, en pleno territorio Huaorani.
Una calle en Cuzco, 1997. Diapositiva, escaneada
Una habitación en una modesta pensión aledaña a la Plaza de Armas de Cuzco en una noche fría y lluviosa no parece el lugar más adecuado para este tipo de redescubrimientos pero, así fue la cosa. Había pasado una larga estancia en el asfixiante clima de Iquitos, gracias a una beca de la Agencia Española de Cooperación Internacional, a orillas del río de los ríos, empapado de vivencias selváticas, aves, leyendas, mitos, antropología e historias sobre la ayahuasca y los pobladores del bosque. Flaco como el espíritu de un galgo, decidí pasar mi última semana en Perú recorriendo la mítica ciudad de Macchu Picchu y el entorno de Cuzco, el ombligo del mundo. La debilidad física asociada a mi delgadez, debida a dos meses de asistencia al comedor que los universitarios de Iquitos denominaban “La muerte lenta”, y el “soroche” se aliaron para provocarme un estado de debilidad notable. El “soroche” –o mal de altura- es consecuencia directa del brusco cambio de altitud que supuso pasar del nivel del mar a los 3.400 msnm de la antigua capital incaica en tan solo unas horas.
Pico andino desde las ruinas de Ollantaytambo
Había pasado el día visitando las impresionantes ruinas de Ollantaytambo y al volver a mi alojamiento, caminando entre las empedradas calles de la ciudad, rezumantes de agua y de historia, me refugié en una enorme casa de vecinos para eludir la sempiterna lluvia que calaba mis huesos. Una sopa caliente y un mate de coca eran mis objetivos más próximos pero en ninguna de las estancias que rodeaban el patio central de aquel caserón había ningún lugar para comer tan solo una pequeña tienda de “souvenirs para gringos”.
Recuerdo aquella tienducha repleta de imitaciones de cerámica inca, fetos de llama y toda la parafernalia de turistas que inundaba ese tipo de locales, incluido el dulzón olor a resina quemada que perfumaba el aire, como un lugar cálido y acogedor frente al gélido chaparrón que azotaba las oscuras calles. También recuerdo que no tenía los clásicos cuadros de mariposas e insectos o la sempiterna piraña/tarántula disecada. La ausencia de tan patéticos elementos hizo que la tiendecita ganara varios puntos en mi escala de valores. Entre el maremágnum de objetos que amenazaban con hundir las desvencijadas vitrinas algo llamó mi atención. Un libro en un estante, rodeado de objetos procedentes del oriente peruano (flechas, cerbatanas, collares de semillas, maracas, mazas de guerra y figuras de madera) alegremente iluminado por un foco de luz halógena que lo hacía destacar en la penumbra de la tienda.
Portada de mi ejemplar de “Arts of the Amazon”, 13 años más tarde
No fue el título del libro -Arts of the Amazon- lo que atrajo mi atención inicialmente sino la electrizante mirada que lucía el objeto de la portada. Al principio no conseguí identificar claramente de qué se trataba. Un diseño en forma de cruz escarlata sobre fondo amarillo. Unas hipnóticas aberturas a modo de ojos y otra más, orlada de dientes, a modo de grotesca boca. Una máscara que vagamente recordaba un rostro humano, tremendamente simple en su concepción pero llamativamente vanguardista en su diseño. Cuando me di cuenta de que estaba fabricada con plumas de guacamayos fue como si mi aletargado espíritu ornitológico saltara como un resorte desde la médula de mis ateridos y calados huesos. Las aves me pierden pero más aún me pierden sus plumas. En cinco segundos había identificado la identidad de cuatro especies de psitácidas cuyas rectrices, secundarias y cobertoras habían sido empleadas para la elaboración de tan singular objeto.
-Treinta dólares- dijo la muchacha de rasgos andinos que atendía el local. Treinta. Mucho dinero para gastar en un libro. Más aún considerando mi exiguo presupuesto de estudiante que sólo me permitía alojarme en una habitación que costaba cuatro dólares la noche pero… ¡qué libro! Lo ojeé detenidamente, disfrutando de las imágenes que mostraban exóticos objetos fabricados con plumas de colores, grotescas máscaras corporales, orejeras, narigueras, brazaletes, pectorales, collares, armas de madera así como cestería y cerámica. Diseños geométricos y sencillos en la mayoría de los casos pero tremendamente impactantes.
Cuando la muchacha lo puso en mis manos ya tenía decidido comprarlo. Me quedaban tan solo unos días para volver a España y podría apretarme el cinturón un poquito más, aunque para ello tuviera que hacer un nuevo agujerito en el cuero de la correa.
Pasé una buena parte de aquella noche en la pensión, semienterrado por cuatro o cinco mantas y escuchando la incesante lluvia golpear el tragaluz en el techo, leyendo aquel libro, iluminado por mi frontal PETZL, comenzando a descubrir las historias que se escondían tras los “krokoti” de los Kayapó, los ”ahetó” de los Karajá, los “myhara” de los Rikbatsá , las flautas máscara "Orok" de los Wayana-Aparai y otros objetos plumarios de las tribus Urubú-Kaapor, Wayana Aparai, Waurá, Assuriní, Kalapalo, Tukano o Shuar.
Eran los Tapirapé, una tribu de las pampas brasileñas, los que habían fabricado la máscara “Upé” de la portada del libro, con madera, dientes, nácar de moluscos fluviales, fibra de palmera, algodón y plumas de Ara arauna, Ara chloroptera, Ara macao y Amazona amazonica. Leí sobre el significado de la máscara para aquellas gentes, sobre el origen de las tensas relaciones con sus vecinos los Kayapó y sobre los vínculos con los cazadores de cabezas Tupinambá, grupo étnico hoy extinto y que trajo de cabeza a los potugueses por su extrema belicosidad y fama de antropófagos.
Cuando apagué la luz de mi frontal no soñé con el viaje a Macchu Picchu que iba a emprender a la mañana siguiente. Morfeo me llevó a las tierras bajas y húmedas de Brasil, a las pampas habitadas por los Tapirapé, las personas que fabricaban las máscaras “Upé” y a la larga lista de referencias bibliográficas que acompañaban al libro. Referencias a obras que se remontaban al los siglos XVI y XVII, ensayos escolares de profesores americanos que podrían ser primos de Indiana Jones, tradiciones textiles preincaicas conservadas gracias a la extrema aridez de los cementerios de costa peruana, terroríficas deidades desaparecidas mucho antes de la llegada de los Españoles a América. Sí, esa noche soñé mucho.
El impacto visual que aquella máscara de plumas me provocó desataría en mí una pasión desmedida por el arte, las creencias, los conocimientos y la historia de los Tueblos amazónicos. Desde entonces no he podido dejar de fantasear con la cantidad de piezas, realizadas con materiales altamente perecederos, que no han dejado registro material y que han desaparecido a lo largo del tiempo, al igual que las creencias, rituales y culturas asociadas a la personas que los construyeron.
Al día siguiente, sentado en un altar de piedra inca en la fabulosa ciudadela de Macchu Picchu, mientras me llenaba del exotismo, la belleza y la magia del lugar, me propuse investigar sobre las máscaras "Upé" y aprender todo lo que fuera posible sobre la cultura de las personas que la hicieron.
Macchu-Picchu, 1997
En el proceso aprendí mucho a base de leer artículos en inglés, francés , italiano y portugués (mis ojos también se pasearon por algún artículo en alemán pero, como hacía de pequeño, tan solo para ver los dibujos) y buscar libros sobre la materia, algunos extremadamente raros, por medio mundo (internet, bendita internet!).
Aquella tienducha de recuerdos en medio de los Andes se convirtió en mi particular “ombligo del mundo”, al menos en lo que a antropología y arte amazónico se refiere.
Descubrí a Charles Wagley, a Claude Levi Strauss, a Fawcett, a Helmut Sick, a los Chimú, al comercio preincaico de plumas neotropicales con los pueblos de Nuevo México, las tradiciones plumarias de los antiguos habitantes de Hawaii, la etnobotánica y sus vínculos con la industria farmacéutica, el proyecto Aprendiz de Chamán y toda una serie de personajes e historias que, a día de hoy, continúan pareciéndome fascinantes.
(continuará)

domingo, 16 de enero de 2011

Agua (alta velocidad) 2



Una de las cosas que más me ha sorprendido de fotografiar estas secuencias ha sido la textura cuasi metálica que adquiere el movimiento del agua a altísima velocidad de obturación. Más que líquido, en algunas imágenes, parece que se tratara de algún tipo de fibra metálica o incluso papel de celofán. Ni que decir tiene que volveré a explorar esta fuente de luz y texturas aunque tengo que intentarlo con mayor distancia focal y también con una luz de mayor intensidad.
Al igual que en la anterior entrada, todas las imágenes son con luz natural, ISO800 a ISO2500 y realizadas con el AFS Nikkor 24-120 VR f4

sábado, 15 de enero de 2011

Agua (alta velocidad) 1



(Nota: Todas las imágenes que acompañan a estta entrada están realizadas con luz natural, encuadres completos o casi completos, en un parque urbano y son detalles del agua de una fuente pública. Algunas fotos han sido giradas 90º)

Estos días estoy probando uno de los nuevos Nikkor 24-120 f4 VR y la verdad es que estoy realmente satisfecho del excelente comportamiento que tiene este objetivo. El domingo pasado la luz no era muy buena en Córdoba. Las nubes cubrían el cielo dejando algunos tímidos claros que filtraban tímidos rayos de sol. Mi intención era fotografiar en el parque a mis hijos patinando así que llevaba la D300 y el 24-120 pero decidí probar a fotografiar el agua de las fuentes en movimiento y... me quedé enganchado con las texturas que el agua en movimiento produce cuando se fotografía a alta velocidad.

Al final, la tarde gris me regaló más de 8Gb de inesp
eradas imágenes de agua aunque todas a unas ISO indecentemente altas. A pesar de usar en algunos momentos ISO2500 quedé bastante sorprendido por la calidad del sensor de la D300. Imágenes bastante limpias incluso en los casos de subexposición. Las imágenes que acompañan esta entrada son algunas de las que tomé y están todas realizadas a ISO800 e ISO1000, f4 y a velocidades de obturación de 1/2500s y 1/8000s.
Uf, jamás había usado semejantes velocidades de obturación y unas ISO tan altas. Desde un punto de vista estético estoy muy contento con los re
sultados, la suavidad de la luz y el color pero, sobre todo, con las asombrosas texturas y formas del líquido elemento. Detalles que el ojo humano, a simple vista no puede captar.