lunes, 24 de enero de 2011

La máscara “Upé”

Réplica de una máscara "Upé" de la tribú Tapirapé

Fue en el otoño de 1997 cuando descubrí realmente el arte amazónico. En realidad, ésta es una forma muy limitada de definir a un conjunto de manifestaciones culturales materiales, basadas en el uso de elementos naturales (madera, hueso, conchas, élitros de insectos, semillas, dientes, escamas, hojas, fibras vegetales y plumas) y producidas por cualquiera de la multitud de etnias que pueblan la cuenca del río amazonas. Materializaciones de una cosmología tribal y una cultura inmaterial tan diversa y rica en matices como se pueda esperar del entorno neotropical que las arropa. La cuenca amazónica y sus aledaños no solo albergan una descomunal variedad de formas de vida, hábitats y relaciones ecológicas, sino también la
que con seguridad es la mayor diversidad de grupos étnicos del planeta, con sus respectivos lenguajes, conocimientos tradicionales y mitologías. Un tesoro del que a veces no nos acordamos, deslumbrados por la fauna y la flora tropical, y que también se extingue.
Tampoco es que en aquel año se abrieran para mí las puertas del conocimiento sobre este asunto. Llovía sobre mojado y, tal vez, sea más apropiado hablar de redescubrimiento. Por aquel entonces ya había leído algunos textos al respecto y en mi memoria quedaba el recuerdo de algunos objetos vistos en exposiciones sobre amazonia y las experiencias de una breve estancia en “El Oriente” ecuatoriano durante 1995, en pleno territorio Huaorani.
Una calle en Cuzco, 1997. Diapositiva, escaneada
Una habitación en una modesta pensión aledaña a la Plaza de Armas de Cuzco en una noche fría y lluviosa no parece el lugar más adecuado para este tipo de redescubrimientos pero, así fue la cosa. Había pasado una larga estancia en el asfixiante clima de Iquitos, gracias a una beca de la Agencia Española de Cooperación Internacional, a orillas del río de los ríos, empapado de vivencias selváticas, aves, leyendas, mitos, antropología e historias sobre la ayahuasca y los pobladores del bosque. Flaco como el espíritu de un galgo, decidí pasar mi última semana en Perú recorriendo la mítica ciudad de Macchu Picchu y el entorno de Cuzco, el ombligo del mundo. La debilidad física asociada a mi delgadez, debida a dos meses de asistencia al comedor que los universitarios de Iquitos denominaban “La muerte lenta”, y el “soroche” se aliaron para provocarme un estado de debilidad notable. El “soroche” –o mal de altura- es consecuencia directa del brusco cambio de altitud que supuso pasar del nivel del mar a los 3.400 msnm de la antigua capital incaica en tan solo unas horas.
Pico andino desde las ruinas de Ollantaytambo
Había pasado el día visitando las impresionantes ruinas de Ollantaytambo y al volver a mi alojamiento, caminando entre las empedradas calles de la ciudad, rezumantes de agua y de historia, me refugié en una enorme casa de vecinos para eludir la sempiterna lluvia que calaba mis huesos. Una sopa caliente y un mate de coca eran mis objetivos más próximos pero en ninguna de las estancias que rodeaban el patio central de aquel caserón había ningún lugar para comer tan solo una pequeña tienda de “souvenirs para gringos”.
Recuerdo aquella tienducha repleta de imitaciones de cerámica inca, fetos de llama y toda la parafernalia de turistas que inundaba ese tipo de locales, incluido el dulzón olor a resina quemada que perfumaba el aire, como un lugar cálido y acogedor frente al gélido chaparrón que azotaba las oscuras calles. También recuerdo que no tenía los clásicos cuadros de mariposas e insectos o la sempiterna piraña/tarántula disecada. La ausencia de tan patéticos elementos hizo que la tiendecita ganara varios puntos en mi escala de valores. Entre el maremágnum de objetos que amenazaban con hundir las desvencijadas vitrinas algo llamó mi atención. Un libro en un estante, rodeado de objetos procedentes del oriente peruano (flechas, cerbatanas, collares de semillas, maracas, mazas de guerra y figuras de madera) alegremente iluminado por un foco de luz halógena que lo hacía destacar en la penumbra de la tienda.
Portada de mi ejemplar de “Arts of the Amazon”, 13 años más tarde
No fue el título del libro -Arts of the Amazon- lo que atrajo mi atención inicialmente sino la electrizante mirada que lucía el objeto de la portada. Al principio no conseguí identificar claramente de qué se trataba. Un diseño en forma de cruz escarlata sobre fondo amarillo. Unas hipnóticas aberturas a modo de ojos y otra más, orlada de dientes, a modo de grotesca boca. Una máscara que vagamente recordaba un rostro humano, tremendamente simple en su concepción pero llamativamente vanguardista en su diseño. Cuando me di cuenta de que estaba fabricada con plumas de guacamayos fue como si mi aletargado espíritu ornitológico saltara como un resorte desde la médula de mis ateridos y calados huesos. Las aves me pierden pero más aún me pierden sus plumas. En cinco segundos había identificado la identidad de cuatro especies de psitácidas cuyas rectrices, secundarias y cobertoras habían sido empleadas para la elaboración de tan singular objeto.
-Treinta dólares- dijo la muchacha de rasgos andinos que atendía el local. Treinta. Mucho dinero para gastar en un libro. Más aún considerando mi exiguo presupuesto de estudiante que sólo me permitía alojarme en una habitación que costaba cuatro dólares la noche pero… ¡qué libro! Lo ojeé detenidamente, disfrutando de las imágenes que mostraban exóticos objetos fabricados con plumas de colores, grotescas máscaras corporales, orejeras, narigueras, brazaletes, pectorales, collares, armas de madera así como cestería y cerámica. Diseños geométricos y sencillos en la mayoría de los casos pero tremendamente impactantes.
Cuando la muchacha lo puso en mis manos ya tenía decidido comprarlo. Me quedaban tan solo unos días para volver a España y podría apretarme el cinturón un poquito más, aunque para ello tuviera que hacer un nuevo agujerito en el cuero de la correa.
Pasé una buena parte de aquella noche en la pensión, semienterrado por cuatro o cinco mantas y escuchando la incesante lluvia golpear el tragaluz en el techo, leyendo aquel libro, iluminado por mi frontal PETZL, comenzando a descubrir las historias que se escondían tras los “krokoti” de los Kayapó, los ”ahetó” de los Karajá, los “myhara” de los Rikbatsá , las flautas máscara "Orok" de los Wayana-Aparai y otros objetos plumarios de las tribus Urubú-Kaapor, Wayana Aparai, Waurá, Assuriní, Kalapalo, Tukano o Shuar.
Eran los Tapirapé, una tribu de las pampas brasileñas, los que habían fabricado la máscara “Upé” de la portada del libro, con madera, dientes, nácar de moluscos fluviales, fibra de palmera, algodón y plumas de Ara arauna, Ara chloroptera, Ara macao y Amazona amazonica. Leí sobre el significado de la máscara para aquellas gentes, sobre el origen de las tensas relaciones con sus vecinos los Kayapó y sobre los vínculos con los cazadores de cabezas Tupinambá, grupo étnico hoy extinto y que trajo de cabeza a los potugueses por su extrema belicosidad y fama de antropófagos.
Cuando apagué la luz de mi frontal no soñé con el viaje a Macchu Picchu que iba a emprender a la mañana siguiente. Morfeo me llevó a las tierras bajas y húmedas de Brasil, a las pampas habitadas por los Tapirapé, las personas que fabricaban las máscaras “Upé” y a la larga lista de referencias bibliográficas que acompañaban al libro. Referencias a obras que se remontaban al los siglos XVI y XVII, ensayos escolares de profesores americanos que podrían ser primos de Indiana Jones, tradiciones textiles preincaicas conservadas gracias a la extrema aridez de los cementerios de costa peruana, terroríficas deidades desaparecidas mucho antes de la llegada de los Españoles a América. Sí, esa noche soñé mucho.
El impacto visual que aquella máscara de plumas me provocó desataría en mí una pasión desmedida por el arte, las creencias, los conocimientos y la historia de los Tueblos amazónicos. Desde entonces no he podido dejar de fantasear con la cantidad de piezas, realizadas con materiales altamente perecederos, que no han dejado registro material y que han desaparecido a lo largo del tiempo, al igual que las creencias, rituales y culturas asociadas a la personas que los construyeron.
Al día siguiente, sentado en un altar de piedra inca en la fabulosa ciudadela de Macchu Picchu, mientras me llenaba del exotismo, la belleza y la magia del lugar, me propuse investigar sobre las máscaras "Upé" y aprender todo lo que fuera posible sobre la cultura de las personas que la hicieron.
Macchu-Picchu, 1997
En el proceso aprendí mucho a base de leer artículos en inglés, francés , italiano y portugués (mis ojos también se pasearon por algún artículo en alemán pero, como hacía de pequeño, tan solo para ver los dibujos) y buscar libros sobre la materia, algunos extremadamente raros, por medio mundo (internet, bendita internet!).
Aquella tienducha de recuerdos en medio de los Andes se convirtió en mi particular “ombligo del mundo”, al menos en lo que a antropología y arte amazónico se refiere.
Descubrí a Charles Wagley, a Claude Levi Strauss, a Fawcett, a Helmut Sick, a los Chimú, al comercio preincaico de plumas neotropicales con los pueblos de Nuevo México, las tradiciones plumarias de los antiguos habitantes de Hawaii, la etnobotánica y sus vínculos con la industria farmacéutica, el proyecto Aprendiz de Chamán y toda una serie de personajes e historias que, a día de hoy, continúan pareciéndome fascinantes.
(continuará)

3 comentarios:

Jesús Giraldo Gutiérrez del Olmo dijo...

Buenas Juan. Menos mal que he tenido una rato para alucinar con tu blog, ya me lo he enlazado con lo que ya no te escapas. Todo lo que he podido ver me ha encantado, sobre la última entrada, yo estuve por allá hace casi 15 años y me encantó. Un abrazo

Jose A. Sencianes dijo...

NO veas si estabas canijo Juan! Como te dije hace unos días en el correo, me parece espectacular esta entrada. Y es que nunca sabes cuando ni donde vas a sorprenderte mas durante un viaje de este tipo. Ya estoy deseando leer la segunda parte. Un abrazo

Juan Aragonés dijo...

Jesús y Senci muchas gracias por pasar y comentar :-)